Alberto Ortega Cámara
Reseña

Llegué a este mundo inesperadamente y por sorpresa en plena transición española, quizá por ese motivo me considero amante de la libertad. Ocurrió en Huelva mientras mi familia, que vivía en Sevilla y que no me esperaba hasta el mes de septiembre, disfrutaba la playa en pleno mes de julio.

De mi primera infancia recuerdo el amor y la atención de mis 5 hermanos mayores, el más pequeño 11 años mayor que yo; los veranos de bici y familia en mi paraíso particular; y las manchas de tiza sobre la chaqueta de mi padre, profesor de matemáticas en los Padres Escolapios de Sevilla. Pasaba las tardes envuelto en su voz de “incógnitas”, “senos” y “cosenos” que se escapaban de la habitación de la casa donde él daba clases particulares mientras yo veía “Barrio Sésamo” y merendaba pan con mantequilla y azúcar.

Recibí de él el gran legado de la educación. Don Ramón era un gran maestro, afectuoso y paciente, del que no he conseguido oír ni una sola palabra negativa de los miles de alumnos que pasaron por su aula. Lo digo con orgullo y, también, con tristeza pues, por evitar comentarios sobre mis buenas notas, eligió no tenerme como profesor hasta el año en que la muerte se lo llevó mucho antes de lo que le hubiera correspondido cuando yo tenía 12 años…

De la misma manera que nací, llegué inesperadamente y un poco perdido hasta la facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, de la que me licencié en Filología Hispánica estrenado nuevo milenio. Después de mi periplo, que inicié con 14 años (en ese momento era legal trabajar con esa edad) por cafeterías, bares e, incluso, after-hours (una de las etapas profesionales de las que más he aprendido de lo maravilloso y también sórdido del ser humano), trabajé bajo el cobijo de la Luna en un call-center donde llegué a ser supervisor de formación y jefe de servicio.

Con una proyección profesional en la empresa muy prometedora, dejé la corbata para irme al paro ante la llamada de mi corazón y la incomprensión de jefes, compañeros y familia. No pasaron ni las dos semanas de preaviso cuando recibí la llamada de un centro educativo de Mairena del Aljarafe (Sevilla) de cuyo ideario de centro me había enamorado en los apenas 7 días sueltos que había trabajado como sustituto –el Centro Docente María- donde fui profesor de Inglés y Lengua Española durante 8 años y de los que guardo un recuerdo extraordinario envuelto en las notas de flauta de la banda sonora de “Los chicos del coro”.

En ese tiempo sentí una llamada que me llevó hasta la ciudad de Nueva York como profesor visitante del Ministerio de Educación, en principio para el curso escolar 2006-2007. Fue allí, como profesor de Lengua Española para chicos y chicas latinos, la mayoría recién llegados a un país del que desconocían el idioma y, en muchísimos casos separados de sus padres y madres, que los habían enviado con “conocidos” soñando para ellos una vida mejor, donde me di cuenta de lo que verdaderamente necesita un niño: amor. Lo sentía en sus caras de agradecimiento cuando acudía a la llamada de “míster” para que corrigiera sus textos de 5 líneas entre las que podía encontrar más de 50 faltas de ortografía… Pero eso era irrelevante: por un minuto se sentían acompañados, comprendidos y queridos.

Ese amor por el ser humano creció exponencialmente cuando descubrí por azar la Educación Emocional en unos talleres de Coaching y de Liderazgo en la Gran Manzana. Abierta la puerta a posibilidades infinitas, volví a Sevilla, a conquistar todos los deseos que había dado por perdidos y de los que, me di cuenta, había huido hasta el país de las oportunidades. Con dolor de mi corazón dejé el aula (¡ay, ¡cuánto la eché de menos!) al ver los resultados extraordinarios que obtuve con mi alumnado sólo con las pocas herramientas que había vivenciado en mi vida personal. Me hice Experto en Coaching por la Universidad Camilo José Cela y Practitioner en PNL, lo que acompañé de otros entrenamientos en Liderazgo y mentorías con bastantes coaches, de los que aprendí todo lo que hoy soy como coach. He trabajado con adultos, adolescentes, empresas y centros educativos, tanto en coaching personal como en talleres de educación emocional.

En el 2017 la Editorial Alegoría publicó mi libro Vivir en Inteligencia Emocional, un libro muy personal donde traté de dejar recogidas todas las herramientas que tuve la suerte de encontrar durante el camino de mi vida.

En estos años hemos ido desarrollando el Programa de Implantación de la Inteligencia Emocional en el ámbito educativo (www.piiemocional.com) que nació a la llamada de quien hoy es mi sexto hermano para desarrollarlo en el Colegio Félix Rodríguez de la Fuente (Los Palacios y Villafranca, Sevilla). Desde entonces más de 4000 docentes, la mayoría del sistema de enseñanza público Andaluz, se han formado y trans-formado para hacer de la educación un hogar para los niños y niñas, tanto para los que están hambrientos de conocimiento, como los que están hambrientos de amor.

Aunque así rece en algunos de mis títulos, no me considero experto en nada. Soy educador. Educar es mi manera de buscar el amor verdadero. Conecto con la imagen de mi padre rodeado de niños y niñas en los recreos. Él los miraba en una forma en que los ojos les brillaban. Quizá en la búsqueda de ese amor, seguí sus pasos y me orienté hacia la educación. Dice Humberto Maturana, quien sabe mucho del amor desde un punto biológico, que “amar educa”. Si alguna vez en el futuro llegamos a poder medir el amor, sin duda se podrá medir lo que sentimos en el pecho los que nos dedicamos a la educación.

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