Marisa Benítez Lugo
Reseña

Nací un viernes del mes de enero, de madrugada y con frío, en el seno de una familia humilde. Pese a lo que se pudiera interpretar desde las tradiciones y sistema de creencias, mi tercera posición no fue una limitación,pues llegué al mundo en un momento de tranquilidad para mis padres, tras una lucha incesante entre enfermedades de sus progenitores. Desde bien pequeñita desarrollé una habilidad innata para intuir las emociones de los demás y para entender lo que ni siquiera correspondía a mi edad, forjando un sentimiento de responsabilidad que me apoyó a superar muchas dificultades del camino. Tuve la enorme suerte de convertirme en hermana mayor de mi hermano pequeño y junto con mis tres mosqueteros pude admirar y valorar el significado de familia, bebiendo cada día de la entrega absoluta de mis padres hacia nosotros y aprendiendo a compartir para sobrevivir y ganar todos.

Mi padre en su niñez tuvo que dejar sus estudios en el colegio para ponerse a trabajar, pues se quedó sin padre con tan solo 9 años. Él tenía claro que su visión era tener hijos y ser PADRE y su constancia y permanencia en ese reto, le llevó a aportarnos unos valores, una atención y una sensibilidad muy diferente a la que podían tener los padres de su generación. Cierro los ojos y lo imagino una y otra vez llegando de trabajar, quitándose sus zapatos y tirándose literalmente al suelo para jugar con sus cuatro hijos, leernos cuentos, preguntándonos cómo nos sentíamos o diciéndonos: “te siento triste, ¿puedo apoyarte en algo?”. Sin dudarlo, mi padre no tuvo opción de estudiar en su vida porque cuando pudo despegar y entregarse a ello, le sacudió una enfermedad con la que luchó durante años, pero su trato con las personas, su interés por aprender de los libros y de la vida, le hizo desarrollar una habilidad exquisita para empatizar con los demás. Como no podía ser de otra manera, compartió su camino con una gran mujer, mi madre. Ella dedicaba parte de sus noches en coser los arreglos de las prendas que le entregaban, así como en hacernos vestidos a cada uno de nosotros, con esos retales que le sobraban y le dejaban sus clientas. En este hogar de humildad junto con mi abuela, crecí llena de amor y ternura. Era tal el ejemplo que recibí de ellos que, desde mis inicios en Educación Global Básica, ya deseaba con fuerza ser misionera porque mi principal disfrute era ayudar a los demás y sufría tanto cuando veía a las personas enfermar que, como ratón de biblioteca me dedicaba a estudiar para alcanzar una formación sanitaria que me diera la llave de entrada a mi sueño. Mi adolescencia se enmarcó en nuevas enfermedades familiares que me hicieron ser responsable una vez más y compaginar noches de cuidados en hospitales con clases particulares y limpieza de casas para poder ganar dinero y optar a la carrera universitaria de mis sueños. Y, así fue como conseguí finalizar mis estudios de Fisioterapia. Mi creatividad y vocación por la disciplina me llevó a investigar, aún siendo estudiante, sobre una especialidad de la Fisioterapia, aprovechando mis estancias de voluntariado en el Hospital y los excelentes maestros que tuve la suerte de tener. Esto me abrió el camino para acceder a la Universidad obteniendo plaza de profesora asociada, mientras trabajaba como fisioterapeuta en una residencia de personas mayores con enfermedades neurológicas, seres de luz que me enriquecieron aún más como persona. Las neuronas siempre estuvieron presentes en todas esas investigaciones y la Diversidad Funcional también. Mi sed de aprendizaje me hizo llamar a la puerta del Departamento de Psicología Experimental y tuve que convencer a la persona responsable en ese tiempo de este máster, del papel que mi disciplina podía tener dentro de la formación que ellos tenían propuesta. Y así pude llegar a ser Máster en Estudios Avanzados sobre

Cerebro y Conducta, ser madre de mi persona favorita que a su vez me centró en la atención a la infancia, obtener el Grado de Doctora por la Universidad de Sevilla y Máster en Atención Temprana, avanzando en mi carrera personal, investigadora y docente universitaria, pudiendo descubrir en mí facetas nuevas y teniendo la enorme suerte de formar a futuros fisioterapeutas en esta profesión que tanto me llena y en las especialidades que me hacen vibrar, teniendo en cuenta que mi propósito en el aula en todo este recorrido no sólo es que adquiriesen habilidades y aprendizajes sino tocarles el corazón, recordándoles la importancia de la empatía, el respeto y el AMOR.

Toda esta trayectoria laboral de 20 años y ese agradecimiento continuo a la vida, a mi compañero de camino y a mi familia de permitirme aprender y aprender, me llevó a formarme con Alberto Ortega Cámara y a explotar por dentro y por fuera, creciendo aún más esa semilla que traía de serie gracias a mis padres y que intento hacer llegar a alumnado, pacientes y compañeros de camino.

Este discurso que sale de mi emoción está fundamentado en todas esas conexiones neurales que imaginé tras sumergirme en este fascinante conocimiento. En definitiva, el cerebro está debajo de cada una de nuestras acciones y pensamientos y moldearlo con manos humildes y artesanas llevan a resaltar el amor como la herramienta más efectiva para tener equilibrio entre lo que piensas, lo que sientes y lo que haces. Por todas estas argumentaciones llegué al inicio de esta aventura compartida para aportar mi granito de arena y fundamentar, desde la neurociencia, el Programa de Implantación en Inteligencia Emocional, con el deseo de seguir aprendiendo y sembrando corazones que puedan mejorar las conexiones neurales y optimizar la educación desde el sentido más amplio y profundo.

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